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sábado, 18 de mayo de 2013

La poesía debe ser asaltada por hordas de salvajes


Miembros del grupo Up against the wall, motherfuckers! en una acción en Wall Street


La mayoría de los recitales de poesía me producen la misma sensación que los museos y los edificios históricos: ganas de correr por ellos, de escupir a los turistas, de dar alaridos a intervalos regulares de treinta segundos. En 1996, un grupo anarquista llamado Up against the wall, motherfuckers! (la traducción sería "¡Contra la pared, hijos de puta!", en alusión a lo que gritaban los policías en los cacheos), a medias entre la tribu urbana y el grupo de afinidad, repartió flyers entre los mendigos de Manhattan anunciando que iba a repartirse comida y alcohol gratis en la inauguración de una exposición en el Loeb Centre de la Universidad de Nueva York. El centro tuvo que cerrarse ante las hordas de mendigos hambrientos que comenzaban a darse cuenta de que habían sido engañados y de que ni siquiera les permitían el acceso. La exposición quedaba como lo que en realidad era: una absurda sucesión de cuadros en una sala vacía para el divertimento de una élite masticadora de shusi. 

Ochenta y dos años antes, el 10 de marzo de 1914, la sufragista Mary Richardson atacaba con un hacha de carnicero el cuadro de la Venus del espejo de Velázquez, expuesto en la National Gallery. Las siete rajas que consiguió hacer al lienzo eran una protesta por la detención el día anterior de Emmeline Pankhurts en unos disturbios tras una manifestación feminista. Las brechas fueron restauradas, pero las fotos de ellas siendo arrastradas por la policía aún permanecen. Fue el único momento en el que cuadro tuvo algún significado. Algo parecido sucede con Las Meninas o con La familia de Carlos V: tendrán sentido solo cuando alguien estrelle un bote de pintura contra ellos. 

Y lo mismo sucede con la poesía: solo tiene sentido cuando es asaltada por hordas de salvajes, cuando sirve para derribar pedestales y acabar con los nombres propios. Esto no quiere decir que toda la poesía tenga que ser social o política, pero sí que debe ser entendida como una creación colectiva y como algo que surge desde abajo y desde fuera. Cuando alguien se sienta a escribir, lo que tiene en la cabeza es lo que ha leído, lo que ha visto, lo que le han contado, lo que ha vivido. La poesía nunca es la producción de un autista encerrado en un sótano. No digo que no se firmen los poemas, pero sí que es necesario romper la individualidad, acabar con los pedestales, escupir a los turistas. 

Hay que construir colectivos, sacar fanzines, escribir textos conjuntos, intervenir en los poemas de otros autores, versionarlos, violarlos, hacer recitales entendidos como una fiesta, como una asamblea, como un ring de boxeo. Si no sirve para dar alaridos y correr por los museos y estrellar botes de pintura, la poesía no sirve para nada.

Extraído del blog de Layla Martínez - Vidadeperrxs

viernes, 3 de mayo de 2013

Individualismo, ¿dónde?


El otro día asistí a una conferencia en la que se hablaba del grado de consideración al que había llegado el individuo dentro del capitalismo y la deshumanización que se había llevado a cabo por el sistema imperante. Se decía, que se habían potenciado ciertos comportamientos que poco tenían que ver con la naturaleza humana (nos han dicho, por ejemplo, que somos seres en sí mismos competitivos) y que esto ha llevado a una cosificación de lo humano altamente peligrosa. Hasta aquí nada nuevo, teniendo en cuenta que Marx otros ya manejaban estos conceptos para hacer ver la realidad del sistema.

Ahora bien, hasta aquí se hace mención de la sociedad en su conjunto ya que los conceptos naturaleza humana, cosificación de lo humano o sistema, no tratan al individuo propiamente dicho. ¿Qué podemos decir de él? Sin hacer un estudio detallado y dejándome llevar por mis simples intuiciones, puedo decir que el individuo ha sido descontextualizado, manipulado, utilizado… y que éste en una situación sumamente paradójica, ha captado precisamente lo contrario. Me explico con algún ejemplo: 1. tras la transición, la democracia representativa se convirtió en la panacea (aunque por supuesto no quiero detenerme en los errores de dicha democracia, por no hablar de dicha transición), exaltando la importancia del individuo en las urnas (Primera mentira). 2. La sociedad de consumo accesible a todo individuo propicia la igualdad (Segunda mentira). Y creo que es adecuado parar porque la lista sería interminable.

Y digo situación paradójica porque hablamos siempre a día de hoy de la sociedad como sumamente individualizada, y es cierto, ¿quién se atrevería a decir lo contrario? Moralmente nos movemos simple y llanamente por nuestros propios intereses. Pero, y aquí entra en quid de la cuestión: técnicamente nos utilizan como sociedad, como grupo. ¿Quién puede decir que es libre sin caer en contradicción? Es inútil utilizar a mi juicio la palabra libertad cuando las cadenas nos ahogan por todas las direcciones. En las elecciones somos simples electores de un dictador temporal, y digo dictador, no ya por mi ideología, sino porque el capital y el sistema financiero no entienden de democracia. Por otro lado, somos esclavos del consumo, ¿quién no ha sentido la necesidad imperiosa de comprar? Siempre suelo decirlo: ¿cómo cambiarían tus necesidades sin publicidad? Estos son algunos de los métodos y mecanismos que utiliza el sistema para tratarnos como rebaño.

Podemos analizar esta situación dividiendo a la población en dos grupos perfectamente diferenciados:
  1. El poder
  2. Los demás


No quiero caer en una falsa dicotomía, pero simplificar esto ayuda a entender mi posición. El poder crea estos mecanismos que son vistos desde el segundo plano (los demás) como iniciativas totalmente beneficiosas. Es en el segundo plano donde aparece, a través de estos mecanismos tal individualismo, pero en sí, el individualismo, es el resultado de estos procesos, que muy conscientemente son utilizados por el conjunto de los del poder para caer en lo que ha día de hoy estamos viendo que es un auténtico obstáculo a la hora de la organización.

¿En qué sentido? Creo que es fácil aclarar esto con una serie de preguntar retóricas, ¿cuánta gente no sale a la calle a manifestarse por quedarse en casa? ¿Cuánta gente no hace huelga por perder el salario de un solo día? ¿Cuánta gente es capaz de dejar a un lado el ordenador para dedicarse a luchar por el problema del otro?

Como conclusión resumo lo que quería expresar, objetivo que no sé si he cumplido. Lo que nosotros llamamos individualismo es simplemente un efecto de los procesos que los que hemos llamado del primer grupo utilizan como masa hacia nosotros, por lo que el individualismo es en sí mismo visto desde la sociedad como  una visión altamente fantasiosa. Tal individualismo no existe, no podemos alejarnos de nuestra especie, no podemos alejarnos de nuestra naturaleza, y por más que queramos negarlo, somos seres humanos que viven en sociedad, en grupo, y como tal somos manejados. La pregunta es, si estamos hechos para la sociedad, para entendernos como conjunto, ¿por qué no nos quitamos la venda y abrimos lo ojos? Una sociedad mejor, más colectivamente organizada no es ninguna utopía, es una necesidad social.


Por Filsafa

martes, 9 de abril de 2013

La belleza de la conciencia

La belleza es una decisión absolutamente consciente, dice una canción. Suscribo 100% lo que en ella se puede leer. Y es que creo firmemente en que no se puede medir la belleza de una persona sin conocer sus acciones, su forma de vida, su actitud respecto a los problemas… es decir, sin alejarte de alguna manera de aquella fracción arbitraria llamada genética y físico.

En una sociedad consumista esta no es la actitud que se quiere imponer. Se busca la de la incomodidad, la búsqueda de algo más, el deseo de ser quien no eres, el deseo de comprarte. ¿Somos realmente conscientes de lo que esto supone? Creo que no, y es que resulta que no hay realmente un porcentaje alto de la población que sea consciente de que su actitud respecto a la belleza y el cuerpo está totalmente amoldada a los intereses del capital, de la sociedad, y no a la persona.

Y no puede dejarme de resultar curioso, porque es paradójico que al mismo tiempo que se fomenta esta visión, se intente disfrazar la sociedad como democrática, humanitaria, justa… Habrá quien considere que no existe ningún lazo de unión entre acción política-económica y belleza, yo, permitidme, los tildaré de ingenuos.

¿No es esta sociedad consumista, impulsada por una economía, valga la redundancia, de consumo, la culpable? ¿Cuántas veces has visto anuncios impulsándote a coger la bicicleta para estar sano en vez de una crema anticelulítica? ¿No es la política, que incentiva este tipo de economías la cómplice? Me temo que sí. Pero al mismo tiempo, las personas no nos podemos mantener al margen de las políticas, somos directamente quien las creamos. Así que tanto si estás o no mínimamente concienciado con esto sólo puedo decirte una cosa: la próxima vez que pases por un escaparate que venda un cuerpo irreal, pásalo. No caigas en las garras de un sistema que quiere que no te quieras. Porque si lo haces, estás cayendo directamente, en lo que comúnmente se denomina, maltratador psicológico.


Por filsafa

sábado, 30 de marzo de 2013

El poder de la tinta.


Soy de las que piensa que las letras pueden tener mucha más fuerza que las armas. Soy de las que mantiene que la coacción no sirve absolutamente de nada sin pensamiento, sin reflexión, sin cultura. Pero no toda el cableado de letras y de información que podemos conseguir hoy nos lleva a una reflexión fructífera y constructiva, sino que lo que encontramos en mucha mayoría es basura y papel mojado lleno de tinta.

No quiero hacer un discurso maniqueísta sobre la buena o mala literatura. Quiero, sin embargo, partir de que para construir a un ciudadano lo suficientemente independiente en su carácter crítico, es necesario UN TIPO de literatura, introduciendo en literatura claro está, cualquier tipo de arte en el que intervenga la palabra escrita.

Me pregunto incansablemente el por qué por ejemplo de la crisis de la filosofía y el por qué de la existencia de best sellers que más útil sería utilizar como papel de fumar. Y he aquí mi única conclusión lógicamente aceptable: el poder no quiere que pensemos. Con poder no quiero referirme a jerarquías abstractas como el capital, que también, sino a los dirigentes políticos y especuladores que saben que con un pueblo borrego el éxito está asegurado. El problema, a mi juicio es que su éxito YA está asegurado. Somos burros que sólo saben rebuznar.

¿Cómo cambiar esto? Una alternativa, en mi opinión interesante, es llevar la literatura que tiene un fin claro, el hacer pensar, a la población. Quizá no hacerla leer, pero sí claramente, dejar claro lo que ofrece.

El núcleo de esta reflexión personal es el pensamiento. Y lo es porque creo que es el núcleo necesario para la revolución. Leía el otro día que era necesaria la violencia o la guerra para llevar a cabo una revolución, si no me equivoco era Hermann Hesse el que mantenía esta postura. Permitidme criticarlo.

Hay muchas maneras de llevar la revolución, ese punto de inflexión que marca un antes y un después en la realidad. Pero al mismo tiempo que pienso que las maneras de llevar a cabo la revolución son muy dispares, pienso que los tipos de revolución también lo son. Podríamos hablar de revoluciones económicas, sociales, culturales… pero la revolución de pensamiento crítico es  por ahora la que guía mis objetivos.

Pero para aclarar el por qué, habría primero que clarificar qué entiendo por pensamiento crítico, permitiendo así que las dudas de mi planteamiento se vayan clarificando poco a poco. Pensamiento crítico es pensamiento abierto, reflexivo, activo y moral. Con esto quiero decir: Primero, que con un pensamiento crítico es imposible cerrarse a opiniones o información por el hecho de ser posicionalmente opuestas a nuestras creencias, suposiciones o presupuestos. Segundo, que con un pensamiento crítico es necesaria la argumentación, es decir, ser capaces de mantener equis pensamiento gracias a la racionalidad y nunca gracias a la ceguera de ideales o ideologías. Y tercer lugar, activo, es decir, no hay pensamiento sin acción, ¿de qué sirve pensar si lo que crees correcto no se lleva a la práctica? Y en cuarto lugar y por último, moral. En el sentido de que para realizar una acción primero tiene que ser valorado moralmente y decidir si es algo que puede o no realizarse en vistas a lo bueno o lo justo, comprendiendo claramente las dificultades que estos términos suponen. Pero con este último punto no quiero entrar en pantomimas conceptuales como las actuales. Un ejemplo claro: el pacifismo.

Sería necesaria otra reflexión a parte por la que creo que la idea de pacifismo actual es otro más de los elementos manipulativos que utiliza hoy lo que he denominado poder. Pero sí quiero aclarar que no soy en ningún caso una violenta desarmada que pretender hace arder todo lo que considera erróneo, aunque por supuesto, si la llama que comienza ese fuego es la crítica, podéis llamarme incendiaria.


Por Filsafa.